EL COSTO INVISIBLE DE SOBREVIVIR
Hay trabajos que no te exigen: te entrenan a sobrevivir. Y el cuerpo lo registra. El punto no es volverte más dura. El punto es volverte más estratégica: acuerdos, límites y respaldo.
AUTOCONOCIMIENTO Y TRANSFORMACIÓN
Gabriela Juvera
1/30/20263 min leer


Hay trabajos que no te exigen. Te entrenan a sobrevivir.
No se ve como una crisis evidente. Se ve como “alto desempeño”, “me necesitan”, “yo puedo sola”, “aguanto porque tengo que pagar ”. Pero por dentro tu cuerpo vive en alerta: hombros arriba, respiración corta, irritabilidad, cansancio que no se quita ni con descanso.
Yo también estuve ahí.
Por fuera, todo se veía “normal”: una oficina, pendientes, KPIs, correos, juntas. Por dentro era otra cosa: un sistema que no estaba hecho para crecer… estaba hecho para resistir.
Y la verdad es que durante mucho tiempo no lo nombré como lo que era. Lo llamaba “exigencia”. Lo justificaba con “así es la industria”, “tengo que aguantar porque necesito estabilidad”.
Pero mi cuerpo decía otra cosa.
Mi historia: cuando el trabajo se vuelve supervivencia
Lo más duro no era el volumen de trabajo. Era la dinámica.
Había hostilidad cotidiana: comentarios cortantes, un trato que te hace chiquita, una grosería disfrazada de “carácter fuerte”. No siempre era un grito. A veces era peor: esa humillación sutil que te desgasta sin dejar marcas visibles.
Había persecución constante. Perseguir decisiones. Perseguir respuestas. Todo era urgente, pero nada era claro. Vivía reaccionando. Mis días no se sentían como ejecución: se sentían como apagar incendios.
Lo más pesado era el liderazgo ausente. No había respaldo real. Y cuando tú no tienes respaldo, te vuelves el punto de impacto de todo: del estrés, de la presión, de la culpa, de lo que nadie quiere cargar.
Después vino una de las heridas más silenciosas: el robo de crédito.
Yo aportaba ideas, soluciones, mejoras… y de pronto alguien las presentaba como suyas. Eso hace algo dentro de ti. No solo te enoja; te condiciona. Empiezas a hablar menos. A opinar menos. A reducirte para no ser usada. A callarte para no regalarte.
Y el ambiente entre colegas tampoco ayudaba: equipos divididos, competencia, bandos, comparaciones. En vez de sentir pertenencia, entras en modo defensa. Y cuando estás defendiendo tu lugar todo el tiempo, tu energía se va en sobrevivir, no en crear.
Con los meses, mi cuerpo aprendió el patrón:
trabajo = amenaza.
Aunque yo fuera competente.
Aunque yo resolviera.
Aunque yo “aguantara”.
Mi sistema nervioso vivía en alerta. Y eso no se cura con un fin de semana libre. Eso se instala como identidad.
Lo que entendí tarde
Yo no estaba “siendo dramática”.
Yo estaba adaptándome a un sistema tóxico.
Y adaptarte tiene un costo: te desconectas de ti para funcionar. Te vuelves eficiente, sí… pero a costa de tu paz. Te vuelves fuerte, sí… pero desde el modo supervivencia. Y esa fuerza no se siente como poder: se siente como tensión.
Lo más impactante: cuando se abrió una nueva oportunidad laboral, mi mente sabía que era distinto… pero mi cuerpo se tensó como si volviera al mismo lugar.
Porque el cuerpo no entiende de promesas.
Entiende de asociaciones.
Autoridad = ataque o abandono.
Hablar = desgaste sin resultado.
Exponerte = riesgo.
Ahí entendí algo esencial: no era estrés. Era programación.
Y esa programación se puede cambiar.
El cierre que me devolvió a mí
Hoy puedo decirlo sin temblar:
Yo no vuelvo a sobrevivir.
Yo vuelvo a dirigir.
Mi vida personal es sagrada.
Mi trabajo es mi entrega.
Mi paz no se negocia por pertenencia.
Mi valor no se demuestra: se asume.
Esto no es una frase bonita. Es una decisión de identidad.
Porque cuando una mujer deja de operar desde la herida, deja de aceptar sistemas que la apagan. Y cuando deja de aceptar eso, su vida entera cambia: lo que permite, lo que elige, lo que negocia, lo que sostiene.
Si estás en un punto donde por fuera “todo está bien”, pero por dentro tu cuerpo ya no puede… no estás rota. Estás lista.
