


HERENCIA VIVA · LA MUJER CONSCIENTE
¿Qué sabemos realmente del legado de las mujeres?


Cuando descubrí la figura Luisa Roldana, conocida como “La Roldana”, me causó una profunda admiración. Su trabajo es tan excepcional que me pregunto incansablemente cómo la historia del arte pudo borrar su nombre y su legado durante tanto tiempo.
Nació en Sevilla en 1652, convirtiéndose en una de las poquísimas escultoras de la España del siglo XVII. Si la pintura ya representaba un terreno predominantemente masculino, la escultura —asociada a la fuerza física— era un entorno exclusivo para los hombres.
Se formó en el taller de su padre, un reconocido maestro escultor e imaginero dedicado a la representación plástica de temas religiosos con finalidad devocional, litúrgica y procesional, por lo que creció rodeada de imágenes de vírgenes, santos y arcángeles.
La decisión de elegir su propia vida
En la sociedad en la que vivió Luisa, las decisiones de las mujeres estaban fuertemente condicionadas por la autoridad familiar y las expectativas sobre su papel. El matrimonio y la vida religiosa eran los caminos socialmente esperados para muchas de ellas, y elegir fuera de la voluntad paterna podía suponer un conflicto.
Su determinación también aparece en este ámbito de su vida. Ante la oposición de su padre a su matrimonio con Luis Antonio de los Arcos, Luisa recurrió a la justicia civil para que fuese autorizado.
El tribunal la apoyó y, por mandato judicial, salió de la casa paterna y fue acogida en el hogar de un amigo de la familia, donde permaneció unos días hasta la celebración del matrimonio. Esta decisión marcó una ruptura con su familia. Se desconoce si llegó a reconciliarse con su padre y sus hermanos.
Este episodio nos acerca a una mujer que buscó la manera de defender una decisión propia frente a la autoridad paterna. Su determinación dejó huella tanto en las obras que creó como en el camino que eligió para su vida.
Desarrolló una técnica personal que la convirtió en una artista singular. Comenzó a trabajar el barro, un material que gozaba de poco prestigio y era considerado propio de la artesanía popular sin valor artístico. Ella logró ponerlo de moda en los círculos eclesiásticos y nobiliarios de Sevilla y Madrid, ejecutando pequeños grupos escultóricos llenos de expresividad que hoy figuran en las mejores colecciones y museos del mundo. Paralelamente, realizó majestuosas tallas en madera a tamaño natural.
Alcanzó la cúspide profesional al convertirse en la primera escultora de cámara de Carlos II y Felipe V, un título que ninguna mujer había conseguido antes en España y por el que compitió directamente con los grandes tallistas de su época.
La Accademia di San Luca en Roma la nombró Académica de Mérito el 10 de enero de 1706 —el mismo día que le sobrevenía la muerte en Madrid—, lo que supuso un hito insuperable en el reconocimiento profesional internacional, raramente otorgado a un artista español y aún menos a una mujer.
Este nivel de maestría llamó la atención del famoso tratadista y pintor Antonio Palomino, quien incluyó su biografía en su obra El museo pictórico y escala óptica. Gracias a esa mención clave, su nombre logró cruzar los siglos para rescatar en el relato oficial del arte la genialidad de una mujer que desafió todos los límites de su tiempo.
Falleció en Madrid en 1706 en la más absoluta pobreza, hasta el extremo de ser enterrada de caridad en una fosa común.
Admirar sus obras es reconocer la huella de una mujer que supo abrirse camino y dejar una obra capaz de atravesar los siglos. Contemplar hoy el legado de Luisa Roldana también es reconocer la fuerza creadora de tantas mujeres que nos precedieron y recordar que esa capacidad de crear, sostener y ocupar un lugar propio sigue viva en nosotras.
Su capacidad para transformar la madera y dar vida al barro nos recuerda que también podemos dar forma a nuestro propio camino, ocupar nuestro lugar y construir una vida que nos represente.
Su legado no es sólo memoria del pasado, sino una presencia que sigue cobrando sentido cuando volvemos a mirar su obra desde el presente.


LAS OBRAS
Luisa Roldana: entre la monumentalidad de la madera y la delicadeza del barro
El arcángel San Miguel venciendo al demonio
La batalla en la que el arcángel San Miguel vence al demonio (o dragón) está recogida en la Biblia, en el Libro del Apocalipsis (capítulo 12, versículos 7 a 9). En ella, San Miguel Arcángel lidera a los ejércitos celestiales para derrotar a Satanás y expulsarlo del cielo.
En esta composición se aprecia al arcángel San Miguel totalmente frontal, erguido y majestuoso sobre un demonio al que pisa y domina, mientras se dispone a asestar el golpe final de la victoria con su espada.
Esta pieza es una de las esculturas más relevantes en la producción de La Roldana, obra por la que consiguió ser nombrada Escultora de Cámara del rey Carlos II. Durante años permaneció en la clausura de los monjes del Monasterio de El Escorial, ubicada en un altillo sin iluminar, pero desde 2023 se expone en la Galería de las Colecciones Reales de Madrid.
Es una obra monumental, con unas dimensiones ligeramente superiores al tamaño natural (2,64 metros de alto) y realizada en madera de cedro policromada.
Es un grupo escultórico de pequeñas dimensiones —21 x 31,50 cm— realizado en barro cocido y policromado por su cuñado y colaborador, el pintor también sevillano Tomás de los Arcos; con un minucioso modelado y un vibrante colorido.
María Magdalena, según una tradición refrendada por la Iglesia Católica, tras la muerte de Cristo es desterrada junto con sus hermanos y, de forma milagrosa, llega a Marsella, donde empiezan a evangelizar las Galias. Después se retiró al sur de Francia, donde vivió como ermitaña en una cueva dedicando los últimos 30 años a la penitencia y la oración.
Durante su contemplación en la cueva de Sainte-Baume, la leyenda asegura que los ángeles elevaban del suelo a María Magdalena siete veces al día para transportarla al paraíso, donde escuchaba los coros celestiales, y luego la traían de vuelta a su pequeño habitáculo.
Una “alhaja de escultura”, como la propia autora denominaba a estas esculturas, realizada para la decoración de las residencias reales y de los grandes nobles, quienes fueron sus principales clientes durante su estancia en la Corte madrileña como escultora de cámara de los reyes Carlos II y Felipe V, entre 1689 y 1706.
Éxtasis de María Magdalena
Luisa Roldana llamaba “alhajas de escultura” a estas pequeñas piezas de barro, creadas para decorar las residencias reales y las casas de grandes nobles, quienes fueron algunos de sus principales clientes durante su estancia en la Corte madrileña como escultora de cámara de Carlos II y Felipe V. Su pequeño tamaño no significaba menor importancia. Al contrario, estas obras concentraban en pocos centímetros un minucioso trabajo de modelado, expresividad y color, pensado para ser contemplado de cerca. Conocer este contexto transforma nuestra manera de mirar la pieza: lo que podría parecer una pequeña escultura decorativa era, en realidad, una obra destinada a algunos de los espacios más privilegiados de su tiempo.
La Herencia que permanece Viva
Al admirar sus obras, se hace evidente la maestría y el legado de esta gran escultora, una herencia artística que solo inspira profunda admiración.
Aunque su nombre logró permanecer en algunos escritos de su época, la dimensión de su talento fue mucho mayor que lo que quedó registrado. Luisa Roldana destacó por una extraordinaria versatilidad: fue capaz de crear imponentes esculturas de madera a tamaño natural y, al mismo tiempo, delicadas escenas modeladas en barro, todas ellas de temática religiosa.
Esa amplitud de recursos revela no sólo su dominio técnico, sino también una profunda capacidad creadora. En la fuerza de sus grandes tallas y en la delicadeza de sus pequeñas piezas permanece la huella de una artista excepcional.
Reconocer su figura es fundamental para hallar la determinación de moldear nuestra propia vida cual pieza de barro, dándole la forma que anhelamos.
¿Cuántas mujeres siguen esperando que volvamos a mirar su historia?


