MI PERRO ME ENSEÑO A DEJARME AMAR

Un texto íntimo con una verdad simple: mi perro me enseñó a dejarme amar. A través de su presencia y fidelidad, entendí cuántas veces he recibido amor y no lo he permitido entrar. Este blog es una reflexión sobre el cuerpo como antena emocional, el cansancio de sostenerlo todo desde el control y la decisión de rendirme para volver a sentir, confiar y recibir.

ENERGÍA Y FRECUENCIA

Gabriela Juvera

2/21/20263 min leer

Mi perro no es “una mascota”. Es un ser que llegó a acompañarme. A abrirme una experiencia que, aunque parece simple, es profunda: el amor.

Él vive en el presente. No se complica. No negocia su cariño. No ama para obtener algo. Ama porque sí. Con fidelidad. Con alegría. Con esa vibración limpia que no pide pruebas.

Hoy me permití despertarme más tarde. Y él, como si supiera que algo dentro de mí necesitaba suavidad, se acercó a mi cama. Me saludó, se subió y se acostó junto a mí.

Sentí su amor tan cerca que se me salieron las lágrimas.

Y ahí entendí algo que me pegó en el corazón: por su voluntad, él me escogió. Me elige. Me acompaña. Se queda. Me mira. Está.

En ese momento comprendí que eso es amor: presencia real.

Y también me di cuenta de otra cosa: muchas veces me han dado amor… pero yo no siempre me he permitido sentirlo.

¿Cuántas veces me han amado y yo no lo he recibido?

Empecé a preguntarme: ¿cuántas veces mis hijos me han dado amor y no lo percibo realmente?
¿Cuántas veces mis amigas me han sostenido con cariño y yo lo he minimizado, lo he pasado por alto, lo he dejado entrar solo a medias?

Me cayó una verdad: recibir amor no es solo que alguien lo dé. Es que yo me permita percibirlo.

Porque el amor es de dos. Es un encuentro.

Y cuando una sola persona sostiene todo, eso no es amor. Eso es control. Eso es apego. Eso es carga.

Y el cuerpo lo sabe.

El cuerpo es mi antena

El cuerpo es nuestra antena. No miente. No argumenta. No se justifica.
Solo avisa.

El cuerpo habla con sensaciones y con emociones. Pero muchas veces no lo escuchamos.

Hoy me levanté con un dolor interno en la pierna. Y en vez de ignorarlo, hice algo distinto: le hice caso.

Me detuve y me pregunté:
¿Qué me duele?
¿Y por qué?

La respuesta fue clara: el control.

El sostener.
El cargar.
El querer mantener todo en orden con mi fuerza.

Y sí… el cuerpo tenía razón.

Aún había áreas en mi vida donde yo seguía controlando. Donde yo seguía “sosteniendo” por miedo a soltar, por costumbre, por identidad.

Pero ya no puedo.
Y sobre todo: ya no quiero.

Hoy me rindo a cargar

Me cansé de cargar y sostener como si fuera mi responsabilidad mantener todo unido.
Como si el amor se tratara de aguantar.

Hoy me rindo.

Y rendirme no es rendición de derrota. Es rendición de sabiduría.
Es soltar el personaje que cree que si no lo controla, se cae.

Hoy decido algo distinto:

Ya no tengo que hacerlo.
El universo me sostiene ahora.

Lo masculino que sostiene, lo femenino que recibe

Sentí esta verdad como una energía:
esa energía masculina que dirige, sostiene, indica el camino…
y mi energía femenina que se permite recibir, confiar, escuchar la intuición.

No es que “alguien” me salve.
Es que dejo de pelear con la vida.
Es que dejo de estar en guerra con el flujo.

Y empiezo a permitir.

Permitir amor.
Permitir guía.
Permitir descanso.
Permitir sostén.

Emoción: energía en movimiento

Entendí algo que quiero recordar:

Emoción significa energía en movimiento.

Y eso es lo que el cuerpo me estaba diciendo.
Que había energía atorada.
Que había carga acumulada.
Que había control sosteniéndose por años en músculos, hábitos y decisiones.

El cuerpo no se queja por drama.
Se queja porque ya no puede con lo que la mente insiste en cargar.

Hoy suelto el control

Hoy elijo una verdad simple:

Suelto el control.
Ya no puedo.
No quiero.
Hoy me rindo.

Y en esa rendición, algo se abre.

Porque cuando dejo de controlar, puedo sentir.
Y cuando puedo sentir, puedo recibir.
Y cuando recibo, el amor deja de ser una idea… y se vuelve una experiencia.

Y eso fue lo que mi perro me recordó esta mañana:

El amor no se piensa.
Se permite.

Haz este ejercicio hoy: cierra los ojos 60 segundos y pregúntate

“¿Dónde estoy cerrada a recibir?” Escribe lo primero que salga. Te ayudará a conocerte más.