La danza sagrada entre ser mamá y sostener la vida

En este blog comparto una parte de mi historia como mamá trabajadora en mis 20’s y 30’s: la culpa, el cansancio, el amor inmenso por mis hijos y la resiliencia que nació en medio de pruebas difíciles como el alcoholismo de mi pareja y las mudanzas repentinas. Hoy, al mirar atrás sin dolor, deseo honrar a todas las madres que, desde el amor, sacan fuerza para sostener la vida y recordarnos que también necesitamos aprender a cuidarnos a nosotras mismas.

DESARROLLO PERSONAL Y AUTOCONOCIMIENTO

Gabriela Juvera

8/29/20252 min leer

"Ser mamá y trabajar es una coreografía donde el amor y la resiliencia se convierten en pasos sagrados."

Entre pañales y responsabilidades

En mis 20’s, cuando llegaron mis dos hijos, descubrí la grandeza y también la vulnerabilidad que implica ser mamá. Durante los embarazos me dediqué por completo a ellos, pero al cumplir su primer año llegó el momento de buscar guarderías o personas de confianza que pudieran cuidarlos.

No fue fácil. Elegir un lugar seguro, cercano y que resonara con mi intuición era todo un reto. La maternidad me enseñó pronto que no solo se trata de criar, sino de aprender a soltar confiando en que nuestros hijos estarán bien.

La danza del balance

Trabajar y ser mamá es una coreografía que rara vez se logra sin tropiezos. Muchas veces me acompañó la culpa: amanecía y anochecía entre pendientes, reuniones y cansancio, y me preguntaba si estaba presente lo suficiente para mis hijos.

El amor que una madre siente por sus hijos es tan grande, que impulsa a sacar fuerzas invisibles para atravesar cada día de trabajo. Intentamos ser las mejores en lo que hacemos, demostrando que nuestra vida personal no nos limita por ser mujeres y mamás.

Sin embargo, esa fuerza —divina y sagrada— puede convertirse también en un riesgo: dejarnos a nosotras mismas en último lugar, entregando más de lo que nuestro corazón puede sostener.

Cuando la vida pone pruebas

En ese mismo tiempo, mi pareja atravesaba un profundo alcoholismo. Yo, en silencio, trataba de que mis hijos no percibieran lo que sucedía. Aprendí lo que significan, la soledad, el miedo y el peso de sentir que mi familia “me lo advertían”.

Hubo noches en las que tuve que empacar mi vida entera en cuestión de horas, mudándome de un departamento a otro por pura necesidad.
Fueron años de incertidumbre, pero también de fortaleza silenciosa.

El regalo oculto: resiliencia

Aquella etapa fue, sin duda, una de las más difíciles de mi vida. Y, sin embargo, fue también la que me forjó. Allí nació mi resiliencia, mi entereza y la confianza en que, incluso atravesando lo inimaginable, podía salir adelante.

Cuando llegó mi tercera hija, ya en mis 30’s, todo fue distinto. Ya no estaba sola: mis hijos mayores me apoyaban, sobre todo mi hija mayor, y yo había aprendido a soltar más, a relajarme, a confiar. La maternidad me enseñó que cada hijo también trae una nueva versión de nosotras mismas.

Honrar a todas las madres

Hoy, al mirar atrás sin dolor, solo deseo reconocer y honrar a todas las mujeres que, como yo, han sacado fuerza desde lo más profundo por amor a sus hijos.

Son mujeres dignas de ser vistas con respeto y admiración, porque detrás de cada historia hay una valentía silenciosa que merece ser celebrada.

Si tú también has transitado este camino entre maternidad, trabajo y resiliencia, regálate un momento para agradecer tu propia fortaleza. Respira, honra tu historia y reconoce que cada paso te trajo hasta aquí.

💜 Recuerda: sanar no es olvidar, es abrazar quién eres hoy gracias a lo que atravesaste.