LA NIÑA QUE QUISO HUIR
Una historia real sobre mi, a los once años, quise huir para dejar de sentir dolor. Décadas después, esa acontecimiento y herida encuentra su voz. Un relato sobre el amor que no se sintió y la búsqueda de pertenencia y el poder de sanar mirando el pasado con compasión.
SANACIÓN EMOCIONAL
Gabriela Juvera
10/19/20252 min leer


Tenía once años cuando me fui de casa.
En ese momento, el dolor era tan grande que sentía que nadie me quería: ni mi mamá, ni mi papá, ni mis hermanos. No me fui por rebeldía ni por enojo, sino porque, en mi inocencia, pensé que desaparecer de sus vidas sería más fácil que seguir sintiéndome fuera de lugar, sin recibir el amor que necesitaba.
Este episodio nunca lo había contado hasta hoy.
Han pasado más de cuarenta años, y esta mañana desperté con ese recuerdo vivo, como si el alma me pidiera mirarlo con otros ojos.
Recuerdo que en aquella época mi mamá estaba enferma y las dinámicas familiares eran difíciles. Yo lloraba mucho. Desde los nueve años empecé a tener ataques de pánico; me costaba respirar, sentía miedo, y no entendía por qué. Recuero que me encerraba en el baño y sentía que nadie me quería. Había demasiadas emociones que no se decían, silencios que pesaban más que las palabras.
Un día tomé el bote de ahorros de mi papá —ese donde guardaba las monedas que traía cada noche—, escribí una carta de despedida y la escondí debajo de mi cojín. Luego caminé hasta el hotel Camino Real.
Aún me sorprende que me rentaran una habitación siendo tan pequeña, pero lo hicieron.
Cuando cerré la puerta y me vi sola, sentí el vacío más profundo que recuerdo.
Llamé a mi mamá al negocio familiar y, sin poder decir la verdad, inventé que me habían engañado para sacarme de casa. Me dijo que regresara, y así lo hice… caminando de vuelta a lo conocido, pero con una herida que me acompañaría muchos años más.
Hoy puedo ver la magnitud de aquel acto: el miedo, la tristeza, el intento desesperado de una niña por sentirse amada.
Pero también puedo abrazar esa versión de mí con ternura. Puedo mirarla sin juicio, entendiendo que solo quería ser vista.
Y mientras escribo esto, siento que algo dentro de mí se libera.
Una parte se sana.
Porque a veces sanar no significa olvidar lo que pasó, sino mirarlo desde un lugar distinto.
Con amor.
Con conciencia.
Con compasión.
¿Alguna vez sentiste el deseo de huir, de desaparecer, porque el dolor de no sentirte vista o amada era demasiado grande?
Si es así, quiero que sepas que no estabas sola.
Y que hoy tienes la oportunidad de mirar esa historia con compasión.
De abrazar a esa parte de ti que solo necesitaba amor.
Escríbelo. Permítete sentirlo. Y si lo deseas, compártelo.
Tu historia también puede ser el inicio de tu sanación.




